Saturday, June 4

Todo tiene su momento oportuno

"Papá, ya me cansé de que mis hermanos me peguen, se lancen encima mío y se rían de mi," me explica mi hijo mayor. Es el turno de los dos hermanos del medio. Atormentan a su hermano mayor con eximia pericia. Claro, su posgrado lo obtuvieron a manos de su hermano y hoy se lo agradecen de una manera muy particular. Ellos saben que él ha incorporado a sus creencias que no les puede devolver la mano, por lo que despliegan sus mejores destrezas de trabajo colaborativo para sacarlo de quicio.
La rivalidad fraterna no es una novedad y no hay, necesariamente, una estrategia infalible para remediar la hostilidad entre los hermanos. La verdad es que lo que permite superar las dificultades más complejas es el tiempo. Si bien puede parecer poco esperanzador, esperar es, en gran parte, lo que se debe hacer. Lo que permite que el tiempo haga su efecto es la llegada de la pre-adolescencia. Si uno ha sembrado con los hijos en cuanto a la valoración del otro, la incipiente capacidad del pre-adolescente de medir los efectos de lo que hace y de identificar las posibles ramificaciones de lo que cultiva en sus relaciones interpersonales permite que su interés por el bienestar de los hermanos pueda aflorar.
Durante años la rivalidad entre nuestros dos hijos mayores nos trajo mucha preocupación. Las intervenciones únicamente sirvieron para reaccionar a situaciones concretas. Por mucho tiempo no encontrábamos que hubiese avances sustanciales en la relación entre ambos hermanos. El origen de los problemas era que el mayor resentía que el otro le hubiese arrebatado la condición de hijo único. A pesar de que el cariño entre ambos era evidente, sufrían al no llevarse bien.
Con el tiempo la distancia en edad se hizo más notoria. De a poco el mayor pudo darse cuenta que ser el mayor, además de las exigencias, le proponía un acceso a privilegios. Nuestro segundo hijo también comenzó a tener intereses propios más marcados, por lo que involucrarse en lo que estaba haciendo su hermano mayor ya no era tan atractivo. El crecimiento personal de ambos y su cariño por el otro permite que hoy no haya una rivalidad marcada por el resentimiento. Persisten rivalidades pequeñas, pero los hermanos han encontrado la manera de resolver sus diferencias. Además, saben que tienen adultos mediadores a los que pueden recurrir.
Mi hijo mayor ya no se interesa por las dificultades de sus hermanos con el fin de meter el dedo en la llaga, como lo hacía antes. Sus hermanos se dan cuenta de eso y se sienten apoyados cuando su hermano se acerca y les hace cariño. Todo tiene su momento oportuno.

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